Manzoni y Leopardi son los dos últimos escritores italianos de talla y fama europeas.
En la segunda mitad del siglo XIX, al atenuarse el ímpetu del Risorgimento, la cultura italiana vuelve a encerrarse en sí misma y pierde contacto con la historia.
Durante el realismo italiano, se va perfilando el sentimiento nacionalista. Como exponente máximo de esta época en el campo de las letras está Giosuè Carducci (1835-1907), quien fue al principio un enemigo acérrimo del romanticismo.
Sus versos, inflamados de patriotismo y republicanismo, son retóricos y declaratorios. En su himno A Satanás ensalza al dominador del mundo y de la belleza, libertador del dogma proscripto por el cristianismo. Escribió otras obras como Odi Barbare y Rimas y ritmos.
Giovanni Pascoli (1855-1912) fue discípulo de Carducci, y su obra está basada fundamentalmente en la contemplación de la naturaleza. El novelista de aquella época fue Antonio Fogazzaro (1842-1912), en quien se detecta una influencia de Manzoni, sobre todo por su catolicismo liberal. Su obra más importante es El pequeño mundo de nuestros padres.
Fogazzaro fue el representante del «verismo», movimiento cultural y literario que pretendía dar a la exigencia de una literatura moderna en su contenido y en su forma la respuesta más congruente y adecuada al grado de evolución del gusto europeo de la época.
Otro representante de este movimiento fue Giovanni Verga (1840-1922), conocido sobre todo por su obra El honor campesino siciliano, que fue además tema de la ópera de Mascagni Cavalleria rusticana.
La importancia histórica y cultural de Gabriele D’Annunzio (1863-1938) radica por completo en su capacidad de asimilar el gusto y tendencias artísticas de la Europa del momento. Escribió poemas, novelas y cuentos.
Más original pero también más peculiar que D’Annunzio fue el siciliano Luigi Pirandello (1867-1936), que causó sensación con su drama Seis personajes en busca de autor. Otra obra de gran resonancia fue Enrique IV.
En el campo de la filosofía, la literatura italiana tiene un representante de gran categoría: Benedetto Croce (1866-1952), autor de Filosofía del espíritu y Teoría e historia de la historiografía.
El teatro posterior a Pirandello no dio ninguna figura de gran talla. Tal vez el dramaturgo más conocido fuera de su país fue Ugo Betti (1892-1953).
El género lírico cuenta con nombres de prestigio como Giuseppe Ungaretti (1888-1970), que con sus obras La Allegria di naufragi.
Vida de un hombre, demuestra ser un maestro en el arte del «hermetismo» reduciendo el poema a un grado de máxima simplicidad. Están también autores como Eugenio Montale (1896-1981), quien escribió Huesos de Jibia, Finesterre; Salvatore Quasimodo (1901-1968), que obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1959; Leonardo Sinisgalli (1908-1981); Cesare Pavese (1908-1950), conocido por su obra en prosa y por su volumen de poemas Trabajar cansa; Mario Luzi (1914), que en su poesía es en principio hermético, aunque después decide escribir poemas más elementales. más cercanos al hombre.
Alberto Moravia (1907-1990) abrió una nueva época en la novelística con el realismo de La romana. Agostino, El conformista, La campesina y Viaje a Roma.
Cabe citar a Elio Vittorini (1908-1966), quien escribió Coloquio en Sicilia; Vasco Pratolini (1913-1991), con su Crónica familiar, Crónica de los pobres amantes; Carlo Levi (1902-1975), con Cristo se detuvo en Éboli.
En la época de la posguerra surgieron Giovanni Guareschi (1908-968), con El pequeño mundo de don Camilo, y Giuseppe Tomassi de Lampedusa (1896-1957) con su novela El gatopardo, y las del siciliano Leonardo Sciascia (1921-1989), autor de El día de la lechuza y El caballero y la muerte.
La literatura italiana contemporánea encontró en Italo Calvino, nacido en Cuba 1920 y muerto en 1985. en a un excepcional fabulador. Autor de la trilogía titulada «Nuestros antepasados», se erige como uno de los autores más representativos de la narrativa italiana finisecular.
Tres novelas integran tan interesante obra: El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente.
Calvino cerró un periodo en el que se manifestó una experiencia literaria de extraordinario talante, incluso a nivel lírico, con dos premios Nobel incluidos, como los concedidos a Quasimodo y a Montale, ratificando su carácter universal.
Sin embargo, será el lingüista Umberto Eco el gran catalizador de la literatura italiana en los últimos años del siglo XX con dos obras de impacto mundial: El nombre de la rosa, excelente historia que se llevó a las pantallas del cine, y la inexcusable La isla del día de antes.
