La producción literaria de los antiguos territorios galos estuvo constituida por una serie de obras que imitaban a los clásicos de la antigua Roma. Con la invasión de los pueblos bárbaros, esa literatura latina dejó de producirse y se inició el proceso de elaboración de lo que constituiría la literatura medieval francesa.
Para poder analizar esta época debe tenerse muy en cuenta la dualidad idiomática de Francia en ese momento cultural. Por una parte, en la región septentrional se hablaba la langue d’Oil, que fue la raíz de la lengua francesa actual. De allí se conservan algunos restos de lírica autóctona que seguramente se desarrolló al margen de la influencia trovadoresca.
La otra modalidad del francés, denominada langue d’Oc, se hablaba en lo que constituía la antigua «Provincia» romana, el territorio más culto y con más influencia latina de Francia.
En ese lugar aparecerán las primeras manifestaciones líricas. Pueden destacarse dos ciclos de la poesía épica en Francia: el primero tiene como protagonistas a Carlomagno y los Doce Pares, mientras que el segundo se refiere a las hazañas de un noble francés del siglo VIII, Guillermo de Toulouse, llamado también Guillermo d’Orange.
Entre los poemas épicos dedicados a las gestas de Carlomagno, el más bello y extendido es el de la Canción de Roldan. Es muy probable que se trate de una versión refundida de poemas juglarescos anteriores. A pesar de estar basado en la realidad, la Canción adultera mucho los hechos históricos, deformándolos y poetizándolos. Existen además motivos de pura invención que pueden explicarse por el tiempo transcurrido entre el primer manuscrito encontrado y la versión del Cantar del siglo XII. Pero la desfiguración de la historia no desmerece en absoluto a este poema épico, cuyos valores poéticos pueden equipararlo a las mejores muestras de la literatura medieval.
A pesar de que la Canción de Roldán ocupa un lugar privilegiado en la historia de la literatura universal, hay otros ejemplos de literatura épica culta en lengua vulgar. Entre ellos está el Roman de Thebes (h. 1150), de autor anónimo, y el Roman de Troie («Novela de Troya»), de Benoit de Saint-Maure. Pero no sólo las clases aristocráticas cultivaban la literatura. La burguesía naciente adquiría poco a poco conciencia de su importancia, y con ella surgen obras de tipo narrativo y dramático de carácter netamente burgués. Entre éstas se popularizaron una serie de relatos en verso, breves y cómicos que tenían como personajes principales a animales y seres de baja extracción social denominados fabliaux.
El género novelístico se empieza a desarrollar en Francia hacia el siglo XII, escrito en un principio en verso y con temas procedentes de la llamada «materia de Bretaña», es decir, de las legendarias aventuras vividas por el rey Arturo y sus Caballeros de la Tabla Redonda. El autor más destacado en este género, que será el iniciador de lo que más tarde se llamó «libros de caballerías», es Chrétien de Troyes (1135-1190), quien escribió Erec (1170), Cligés, Le Chevalier de la Charrette y la inacabada Perceval o Cuento del Graal, compuesta entre 1180 y 1190.
Contemporánea de Chrétien de Troyes es María de Francia, que escribe durante la segunda mitad del siglo XII. A ella se atribuyen una colección de relatos cortos en verso de carácter cortesano llamados Lays.
En la región de Provenza aparece el primer poeta de nombre conocido, el Conde Guillermo de Peiticu (1071-1127), quien escribe fundamentalmente canciones amorosas.
La poesía lírica en lengua d’Oc gira sobre todo en torno al amor cortés: los autores de esta literatura amorosa, llamados «trovadores», consiguieron que su poesía influyera toda la metafísica amorosa de siglos posteriores. Entre los más destacados están Jaufré Rudel, célebre cantor del amor «de lohn» (amor lejano); Bernart de Ventadorn, poeta exquisito, amoroso y melancólico; Arnaut Daniel, inventor de la sextina; Marcabrú y, finalmente, Bertran de Born.
Poco tiempo después, la literatura en lengua d’Oil invadió la zona provenzal, ganando terreno. A principios del siglo XIII, Guillaume de Lorris inicia la composición de su poema alegórico Roman de la Rose («Novela de la rosa»). Cuarenta años más tarde, este poema fue continuado por Jean de Maung.
