La lírica francesa de los siglo XIV y XV se halla dominada por una escuela poética que se inicia a mediados del siglo XIV con Guillaume de Machault (1300-1370). Entre los literatos del siglo XV destaca François Villon, no sólo como el mejor poeta de su siglo sino como uno de los primeros de toda la Edad Media y una de las grandes figuras líricas de todos los tiempos. Su vida personal fue una serie de incidentes, ya que se encontró casi siempre fuera de la ley, siendo incluso condenado a muerte en dos ocasiones. Escribió su Petit Testament en 1456; en 1461 aparece su Grand Testament, en el que incluye la «Balada de las damas de antaño», la mejor composición de esta colección.
En general, a partir del radical rompimiento del Renacimiento francés con la literatura medieval y del distanciamiento del humanismo italianizante, no destacan autores individuales y, en cambio, lo que prolifera es la escuela de «La Pléiade». Uno de sus representantes es Du Bellay (1525-1560), conocido por su Défense et illustration de la langue française. Pero el máximo exponente de la escuela es el poeta Pierre Ronsard (1524-1585), que dejó una producción lírica abundante y multiforme; en sus canciones populares, los placeres del mundo no quedaron desdibujados por la grandeza de los motivos antiguos, y la naturalidad realzó con creces las estrofas más artísticas de sus versos.
Entre sus obras más conocidas están sus Odas e Himnos, Franciade, Poemas y discursos, aunque la que más se ha extendido es su soneto «A Casandra». Ya antes de que pudiese clasificarse el espíritu «académico» en las letras francesas, aparece François de Malherbe (1555-1628), quien durante mucho tiempo desempeñó la doble función de poeta cortesano encargado de conmemorar las fiestas más importantes de la nación y la de dictador literario que destruía el prestigio de los demás poetas del siglo XVI. Los poemas de Malherbe no tienen expresión individual; escribe sobre lo que un francés de la época debía pensar y sentir.
Su obra no es romántica, ya que rezuma sinceridad por todas partes. En el campo de la prosa novelada sobresale la obra renacentista de la reina Margarita de Navarra (1492-1549) y la de su secretario De Periers, imitadores de Boccaccio y Bandello. De Periers destaca por su sentido de observación, la libertad con que trata los temas y por su análisis de las motivaciones y la psicología de sus personajes.
François Rabelais (1492-1553), gran creador literario, autor de un ciclo de cinco fantásticas novelas sobre la vida de dos príncipes gigantes, Gargantúa y Pantagruel, satiriza todo cuanto le rodea. Ha llegado a ser un clásico por su humanismo y hoy en día se le considera y aprecia.
Otro autor francés del siglo XVI es Michel de Montaigne (1533-1592); creó el «ensayo» como forma de la prosa artística. Sus escritos parecen charlas amenas y espontáneas surgidas a partir de experiencias y observaciones personales sobre las que medita tranquilamente.
En el clasicismo francés se detectan una serie de principios: a) imitación de los autores clásicos; b) fidelidad a la naturaleza; c) racionalismo; d) adaptación al gusto del público a quien se dirige el artista; e) moralismo.
Pierre Corneille (1606-1684) y Jean Baptiste Racine (1639-1699) llevan a término este formalismo y son siempre fieles a las tres, unidades clásicas, lugar, acción y tiempo, en el teatro.
El teatro de Corneille, sobre todo el dramático, es historicista y retórico Por su parte, Racine se muestra como un fino observador y matizador del amor tanto humano como espiritual.
Jean Baptiste Poquelin, «Molière» (1622-1673), es quien impone en toda Europa la comedia al estilo francés. Ésta no es otra que la comedia renacida de la ateniense, imitada por Plauto y reavivada en las comedias medievales italianas. Muestra de este enfoque son Las preciosas ridículas, La escuela de mujeres, El misántropo, Tartufo, Don Juan.
Volviendo al racionalismo clásico, es decisiva la aportación de pensadores como René Descartes (1596-1660), quien en su obra el Discurso del método advierte que sólo debe aceptarse lo que sea comprensible racionalmente.
Durante el siglo XVIII, los grandes nombres de las letras son Voltaire (1694-1770), Diderot (1713-1784) y Rousseau (1712-1778), junto con el poeta André Chernier (1762-1794) y el dramaturgo Pierre Beaumarchais (1732-1799).
